Lee Daiwon, una destacada figura del arte moderno y contemporáneo de Corea, era conocido por sus paisajes bucólicos y rústicos, representados con vivos colores y una pincelada enérgica. En vez de seguir las tendencias artísticas occidentales de su época, dedicó décadas a estudiar los principios formales de la artesanía tradicional coreana y la pintura con tinta de Asia Oriental, trasladando esos lenguajes visuales al óleo sobre lienzo.
La exposición «Lee Daiwon: Nothing Here Makes You Sad», que tiene lugar en el MMCA Deoksugung, es la primera gran retrospectiva del museo dedicada al artista Lee Daiwon y ofrece una visión general completa de su carrera y su práctica artísticas.
Cortesía del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Corea
Al contemplar las obras de Lee Daiwon (1921-2005), el espectador se fija inmediatamente en el color. Árboles que parecen ataviados con un saekdong jeogori (una chaqueta tradicional coreana con rayas de colores del arcoíris), estanques azules, y campos de un amarillo luminoso llenan el lienzo. Al acercarse, el paisaje se fragmenta en innumerables puntos y trazos enérgicos de rojo, azul, amarillo y verde sin mezclar, cada uno de los cuales brilla intensamente en la superficie.
Durante décadas, Lee Daiwon fue conocido como el «pintor de los huertos», y también fue apodado como «el pintor más feliz del mundo». Estudió Derecho en la Universidad Imperial de Keijo (predecesora de la actual Universidad Nacional de Seúl), dirigió en su día la Galería Bando, y más tarde ocupó los cargos de decano de la Facultad de Bellas Artes y de rector de la Universidad Hongik, así como de presidente de la Academia Nacional de las Artes de la República de Corea. Sus radiantes pinturas y su distinguida carrera parecen ir de la mano. Sin embargo, persiste una pregunta fundamental: ¿por qué sus pinturas son tan luminosas? ¿De dónde proceden esos colores? ¿Pueden atribuirse solo al innato optimismo del artista?
UN JOVEN ESTUDIANTE DOTADO
Lee Daiwon es un artista que desarrolló un lenguaje pictórico distintivo a través de puntos y líneas. A lo largo de su vida, reinterpretó los colores de la artesanía tradicional coreana y las técnicas de la pintura de Asia Oriental, explorando las posibilidades de la pintura moderna coreana.
Cortesía del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Corea
Aunque generalmente se le considera como un pintor autodidacta, Lee Daiwon emprendió su trayectoria creativa a una edad notablemente temprana. En 1933, con tan solo 13 años, obtuvo reconocimiento en un concurso nacional de arte para estudiantes. Entre las influencias que marcaron su formación se encontraba Sato Kunio (1897-1945), su profesor de arte en la Segunda Aunque generalmente se le considera como un pintor autodidacta, Lee Daiwon emprendió su trayectoria creativa a una edad notablemente temprana. En 1933, con tan solo 13 años, obtuvo reconocimiento en un concurso nacional de arte para estudiantes. Entre las influencias que marcaron su formación se encontraba Sato Kunio (1897- 1945), su profesor de arte en la Segunda Escuela Secundaria General de Keijo (actualmente el Instituto Kyungbock, en el distrito de Jongno de Seúl). En sus clases Sato introdujo movimientos artísticos occidentales modernos como el fauvismo y la obra de Pablo Picasso, al tiempo que inculcaba un profundo aprecio por la belleza única de la artesanía tradicional coreana. Esa misma aula formó a otras destacadas figuras del arte moderno coreano, como Yoo Youngkuk (1916-2002), Chang Ucchin (1917-1990) y Kwon Ok-yeon (1923-2011), entre otros.
En 1938, a los 18 años, Lee presentó dos obras a la Exposición de Arte de Joseon, y ambas fueron seleccionadas. Presentó un óleo para la sección de Pintura Occidental y un biombo en la sección de Artesanía. Este último fue creado utilizando la técnica del naphil (batik), un método tradicional de teñido por reserva en el que la cera de abeja bloquea los diseños antes de teñir la tela. Que un solo estudiante tuviera obras seleccionadas tanto en la sección de bellas artes como en la de artesanía en el mismo año fue algo excepcional, poniendo de relieve que sus raíces creativas nunca se limitaron únicamente al lienzo.
ESTÉTICA TRADICIONAL Y PRINCIPIOS EXPRESIVOS
A primera vista, los lienzos de Lee evocan fácilmente la técnica puntillista de Georges Seurat o la vigorosa pincelada de Vincent van Gogh. Pero… ¿estaba su lenguaje pictórico realmente moldeado por los principios del arte moderno occidental?
En 1957, con el apoyo de The Asia Foundation, Lee realizó una gira por los principales museos de Estados Unidos y Europa, y celebró una exposición individual en Alemania. Al regresar a su país, no tenía ningún interés en limitarse a imitar los movimientos occidentales, sino que empezó a reflexionar profundamente sobre la esencia de la belleza coreana. Con los años acumuló una extensa colección de artesanía de la era Joseon (1392- 1910), que incluía las mesas tradicionales de madera usadas para transportar o servir comida, llamadas soban (literalmente, «mesa pequeña»), objetos de madera, y bandaji (cómoda con tapa abatible con bisagras), al tiempo de mostrar un gran interés por técnicas artesanas tradicionales como el jasu (bordado) y el najeon (marquetería de nácar). En 1989 publicó una colección de ensayos ilustrados, Fifty Years in Hyehwa-dong, donde articulaba su filosofía artística:
«Lo que verdaderamente aprecio son las artesanías de Joseon. Los colores exquisitos y radiantes del bordado, impregnados del cuidado y esmero de las mujeres de Joseon, nunca dejan de inspirar un profundo asombro. Sin embargo, hay una tendencia que deberíamos reconsiderar: limitar la idea de tradición únicamente al tema. Si bien plasmar motivos tradicionales es sin duda un enfoque, es más importante ver cómo adaptamos y hacemos evolucionar para la era moderna los modos expresivos, las técnicas y la sensibilidad estética perfeccionados por nuestros predecesores».
Esta afirmación es la clave para comprender su arte. Para los pintores coreanos del siglo XX, «¿Qué conforma el arte coreano moderno?» era una pregunta ineludible. Trasplantar directamente al lienzo los paisajes tradicionales en tinta, la cerámica o los motivos folclóricos era una forma de buscar respuesta. Sin embargo, en vez de citar las formas externas de la tradición, Lee Daiwon se centró en la manera en que la tradición da forma a una imagen. En el bordado, por ejemplo, cuando los hilos rojos y azules se colocan uno al lado del otro nunca se mezclan. Y aunque se toquen, cada uno conserva su identidad cromática distintiva. La iridiscencia del najeon ofreció otra pista a Lee. Incrustado sobre un fondo de laca oscura, el nácar refleja la luz desde su superficie en vez de difundirla en el aire circundante. Además, mediante el estudio de las pinturas paisajísticas tradicionales, denominadas sansuhwa («pinturas de montaña y agua») y sagunja («Los cuatro caballeros»), dominó las técnicas de la pintura en tinta de Asia Oriental, para representar montañas y árboles mediante puntos y líneas. En consecuencia, en la obra de Lee Daiwon, la «coreanidad» reside en la propia técnica pictórica. En sus pinturas al óleo, revitalizó sensibilidades estéticas y principios expresivos centenarios, permitiéndoles cobrar una nueva vida en el lienzo moderno.
En este sentido, sus puntos de color difieren fundamentalmente del puntillismo de Georges Seurat. El puntillismo neoimpresionista utilizaba el principio de usar diferentes colores uno al lado del otro, permitiendo que el ojo del espectador los mezclara. Los puntos de Lee, por el contrario, mantienen sus matices distintivos incluso desde lejos, conservando su presencia diferenciada a través de múltiples capas de color. Tal y como aclaró el propio artista, su método nunca se concibió teniendo en cuenta el puntillismo occidental. En una ocasión recordó que comenzó a aplicar puntos mientras representaba crestas de montañas, con el objetivo de captar las gradaciones tonales y la vitalidad pictórica del lavado de tinta (sumuk) a través del óleo.
La pared (Jardín secreto). 1986. Óleo sobre lienzo.
208 × 504 cm.
Con más de 5 metros de ancho, esta obra monumental ejemplifica el característico sentido del color de Lee, inspirado en el bordado tradicional y la incrustación de nácar.
Cortesía del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Corea
PAISAJES SIMILARES, PERO DISTINTOS
A principios de la década de 1970, Lee Daiwon instaló un estudio en el huerto familiar de su ciudad natal, Paju. Durante las tres décadas siguientes, hasta su fallecimiento, volvió una y otra vez a este mismo paisaje. Sin embargo, nunca se limitó a reproducir la misma escena. Con cada cambio de estación y cada juego de luces, el huerto se convertía en una nueva composición.
En sus pinturas de huertos de la década de 1970, la perspectiva lineal occidental sigue siendo relativamente clara: los árboles prominentes anclan el primer plano, guiando la mirada del espectador hacia las colinas lejanas. En la década de 1980, la profundidad espacial comienza a comprimirse y aporta tonalidades azules y violetas más prominentes en el lienzo. Esta evolución culminó en la década de 1990, cuando las montañas lejanas desaparecen por completo. Así, los trazos lineales de color puro que representan árboles, estanques y flores se extienden uniformemente por el lienzo, difuminando notablemente la frontera entre primer plano y fondo.
La naturaleza de sus puntos también evolucionó. Mientras que los puntos de color de la década de 1970 se ubicaban a lo largo de los contornos de árboles, colinas y campos con un ritmo relativamente mesurado, a lo largo de la década de 1980 se alargaron hasta convertirse en trazos enérgicos y dinámicos que barrían toda la superficie. Irradiando en múltiples direcciones, estos trazos de color se niegan a concentrarse en torno a un único punto focal. Construidos en capas finas y repetidas, distribuyen la energía de manera uniforme por toda la composición, siendo una de las principales razones por las que sus últimos paisajes, a pesar de su intensidad cromática, nunca resultan densos ni visualmente abrumadores.
A continuación se produjo una transformación fascinante: a medida que la profundidad espacial se desvanecía, la escala física de los lienzos se ampliaba. Las obras creadas a partir de la década de 1990 suelen superar los dos metros de ancho, llegando a alcanzar los cinco o incluso los siete metros de ancho. Al situarse ante estas monumentales composiciones, los espectadores quedan inmersos en el paisaje, en vez de limitarse a observarlo desde lejos. Así, al no estar limitada por un único punto de fuga, la mirada deambula sin cesar: de un árbol a un estanque, y de ahí a las flores y los campos. El este de Asia cuenta con una larga tradición de experimentar la pintura paisajística precisamente de esta manera. Los literatos del pasado desplegaban representaciones de montañas famosas en el interior de sus habitaciones para viajar a través de ellas con la mente y el espíritu, práctica conocida como wayu («viajar estando tumbado») o «viajar desde el sillón». En esta tradición, un cuadro no es una ventana que se abre al mundo exterior, sino un reino autónomo donde el espectador puede entrar y deambular libremente.
Las últimas pinturas de huertos de Lee convergieron progresivamente hacia ese tipo de espacio. Las fotografías de archivo de Lee trabajando en su huerto de Paju revelan que, en vez de contemplar el paisaje desde un punto elevado, se sentaba cerca del suelo entre los árboles, envuelto bajo un dosel de ramas frutales que se extendían en todas direcciones. Lo que pintaba no era un huerto visto desde lejos, sino uno que experimentaba en su propia mente y espíritu. Y si bien una de las principales trayectorias de la pintura coreana moderna y contemporánea puede definirse como un cambio del sansu tradicional (paisaje de montaña y agua) al concepto occidental de punggyeong (paisaje pintoresco), en la obra tardía de Lee esa trayectoria se invierte. Al representar los paisajes, los devolvió al ámbito experiencial del sansu: un espacio donde los espectadores pueden adentrarse y permanecer a su antojo.
El monte Bukhansan. 1938. Óleo sobre lienzo.
80 × 100 cm.
En esta obra temprana, que forma parte de la Colección Lee Kun-hee del MMCA, Lee Daiwon plasmó sus impresiones del monte Bukhan en otoño mediante audaces contrastes de color.
Cortesía del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Corea
REFLEXIONES SOBRE LA IDENTIDAD COREANA
Pueblo de leyendas. 1964. Óleo sobre lienzo.
129 × 79 cm.
Como reflejo de la exploración de Lee sobre la pintura tradicional y la artesanía popular, los motivos de las pinturas tradicionales de los diez símbolos de la longevidad, como montañas, árboles, ciervos y nubes, se yuxtaponen en un plano bidimensional.
Cortesía del Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Corea
A medida que el arte coreano contemporáneo cosecha hoy un creciente reconocimiento mundial, resurge una pregunta básica: «¿en qué consiste la identidad coreana?». La obra de Lee muestra cómo el arte coreano contemporáneo puede permanecer profundamente arraigado en la tradición sin reproducir formas históricas. Ni el bordado ni la laca de la dinastía Joseon aparecen literalmente en sus lienzos, ni reproduce las montañas de los paisajes tradicionales en tinta. En su lugar, alinea los pigmentos sin mezclarlos, como se ve en el bordado tradicional, capta la luz sobre la superficie pintada como si fuera nácar resplandeciente, y superpone puntos y líneas para representar la naturaleza, al estilo de la pintura tradicional coreana. En vez de tomar prestada la apariencia externa de la tradición, traduce a su propio lenguaje visual los mecanismos por los que la tradición da forma al lienzo.
En el MMCA Deoksugung se celebra actualmente una gran retrospectiva titulada «Lee Daiwon: Aquí nada te entristece». La exposición, que abarca del 6 de agosto al 8 de noviembre de 2026, ofrece un exhaustivo repaso por la obra del artista a lo largo de unos 70 años, desde sus primeras obras de estudiante hasta sus monumentales lienzos de la última etapa. El arqueólogo e historiador del arte Kim Won-yong (1922-1993), amigo de toda la vida del pintor, comentó una vez que en el arte de Lee «no hay nada que entristezca a una persona», lo que inspiró el título de la exposición. Los lienzos de Lee son, en efecto, luminosos. Sin embargo, ese resplandor nunca fue un don que le viniera sin esfuerzo: lo ganó a pulso tras décadas de contemplar un mismo paisaje, depositando pacientemente cada punto y cada línea, y superponiendo pinceladas de color puro unas sobre otras. Precisamente por eso el MMCA vuelve a rendir homenaje hoy a Lee Daiwon, quien cultivó esos principios dentro del medio occidental de la pintura al óleo, sin conformarse nunca con la mera imitación o reproducción de motivos tradicionales. Así, su huerto es mucho más que una encantadora escena pastoral: encarna un camino singular a través del cual la «tradición» coreana se transforma en «contemporánea».